Se suele entender como trabajo, “la realización de tareas que implican un esfuerzo físico o mental y que tienen como objetivo la producción de bienes y servicios para atender las necesidades humanas”. El Génesis en su capítulo 3, versículo 19, lo define como un castigo divino: “Te ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Y la historia nos muestra que, al margen de la óptica religiosa, tanto en la sociedad griega como romana, el trabajo físico, agrícola, ganadero, artesano, en el comercio… estaba relegado a las personas sin la ciudadanía, extranjeros, y a los esclavos. Situación que puede servir de paradigma para la Europa actual.
A lo largo de los tres últimos siglos se han ido mejorando las condiciones laborales y salariales de los trabajadores, y, sobre todo, legislando para sacar al niño del mercado laboral. El artículo 32 del «Instrumento de Ratificación de la Convención sobre los Derechos del Niño» (BOE de 20 de diciembre de 1990) reconoce «el derecho del niño a estar protegido contra la explotación económica y contra el desempeño de cualquier trabajo que pueda ser peligroso o entorpecer su educación, o que sea nocivo para su salud o para su desarrollo físico, mental, espiritual, moral o social». Toda actividad que arrebate a los niños su infancia. Con todo, se habla todavía de cientos de millones de niños sometidos al trabajo inhumano en el mundo.
En España hemos visto, en los años cincuenta, cómo muchos niños dejaban la escuela, a los ocho o nueve años, para realizar tareas agrícolas o pecuarias, para ayudar, como aprendices, en talleres o en tiendas. No era necesario leer a Dickens, porque aquí la pobreza atrapaba a la mayor parte de la población, y los niños teníamos que traer agua de la fuente, cuidar la cabra, buscar comida para los conejos, ayudar a recoger la almendra, coser, barrer… Tareas que han desaparecido totalmente. Pero no la explotación de menores. Dentro de la «mina de oro» del deporte se esconde la mayor explotación de niños y niñas de la historia. Niñas que se levantan bastantes horas antes del horario escolar para entrenar en natación sincronizada. Chicos a los que exprimen su cuerpo y su mente para mercadear, desde la adolescencia, con su eficiencia goleadora. Pensemos en Lamine Yamal, Binicio, Ansu Fati… En Juan Núñez, de baloncesto, y en las campeonas del mundo de fútbol. ¿Cuántos años de trabajo físico, de presión psicológica, de aislamiento, han tenido que soportar para recoger los frutos actuales? ¿Hay o no hay explotación infantil y juvenil? Hemos visto las consecuencias en Ricky Rubio, en la gimnasta norteamericana Simone Biles y en la rumana Nadia Comaneci.
Es evidente que la nueva explotación infantil, por parte de familias, clubes e intermediarios, es infinitamente mayor que la que pueda existir, y se persigue, en un entorno agrícola, ganadero o comercial. Pero genera mucho dinero para todos, y prestigio, títulos, marcas, medallas… Y, aunque se les garantiza la educación y el apoyo psicológico, son «producto» con el que las empresas propietarias comercializan, tratando de multiplicar el capital invertido en ellos. ¿Por qué, si no, a la «perla» de Lamine Yamal, con dieciséis años, se le va a poner una “Cláusula de rescisión de contrato” de mil millones de euros?
Publicado en IDEAL de Granada el sábado 9 de septiembre de 2023