La Covid-19 ha sido un factor más en la laicización de la Semana Santa. Las procesiones con su teatralidad y folklore, las vacaciones de primavera con sus múltiples propuestas de ocio en costas e interior, y el progresivo alejamiento social de las creencias religiosas, han venido oscureciendo el sentido profundo del misterio de la muerte y resurrección de Cristo.
Lejos quedan aquellos tiempos de silencio, de oración y de participación masiva en las liturgias de jueves, viernes, sábado y domingo de Resurrección. Ritos sepultados por las nuevas tendencias de goce, evasión, agnosticismo y disolución del yo en la masa. La prohibición de las procesiones, por segundo año consecutivo, ha convertido los templos en «expositores» de esculturas sacras, donde desfilaba el público, liberando emociones y reforzando el ego frustrado de las cofradías, tras un largo trabajo. La veterana alcaldesa de un pueblo histórico de la provincia nos invitaba a visitar su iglesia durante estas fiestas, porque podríamos «disfrutar de la belleza y del arte que allí se atesora». El concejal de otra localidad nos advertía que quedaban unos días para «seguir disfrutando de los mini-conciertos por las calles, así como de la gastronomía local».
A todo esto debemos sumar que las cadenas de radio y televisión han mantenido sus programaciones habituales, contribuyendo a la «nueva normalidad», que lleva implícito la reclusión del sentimiento religioso a la intimidad. Dentro de este cambio sociológico, el viernes santo pude escuchar, en la cadena de la Iglesia, el Vía Crucis desde Ávila. Un oasis auténtico, cargado de reflexión y espiritualidad, que hundían sus raíces en la «pandemia». Catorce estaciones, desde la condena a muerte hasta la sepultura de Cristo, con sus correspondientes textos evangélicos, testimonios desgarradores de pacientes en la UCI, enfermeras, médicos, protección civil, técnicos de ambulancias… Y un fondo musical impresionante. Verdadera obra de arte. De arte que impacta y cuestiona la existencia: soledad, abandono, angustia, silencio de Dios, muerte… Infinitas preguntas sin respuesta.
En el marco religioso no se interpretaba ya el mal como castigo divino, igual que en el diluvio (Gn. 6) o en las pandemias medievales. No. Se establecía un correlato entre la pasión y muerte de Cristo, su soledad («Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»-Mt. 27,46) y los pacientes de la Covid-19, aislados y agarrándose desesperadamente al frágil hilo de la vida que intentaba segar la afilada guadaña de la muerte.
Publicado en IDEAL de Granada el lunes 12 de abril de 2021