Azorín: metafísica y tiempo

 Introducción

La literatura española debe a Azorín la liberación de todo ese peso muerto que la oprimía y asfixiaba. Él le ha dado la precisión, la claridad, la sencillez y el rejuvenecimiento que requería.

En la obra de Azorín, la armonía y sobriedad de estilo, la belleza de la forma modulan y se enlazan como un poema musical. En ella vibra una emoción serena, un pensamiento profundo, una ternura y delicadeza admirables.

Azorín es un artista enamorado de lo sencillo e insignificante. Un hombre enamorado de España y de todo lo español. De ahí que  cada libro suyo sea como “una hora de España”; como una instantánea a la sucesión inexorable y renovada de las pequeñeces que encarnan nuestra idiosincrasia. Lo dice él mismo en sus confesiones: «Yo amo las cosas: esta inquietud por la esencia de las cosas que nos rodean ha dominado mi vida». Por esta razón podemos concederle el honorable título, que él mismo gustaba otorgarse, de “Pequeño filósofo”.

Metafísica

            Martínez Ruiz no pasará a la posteridad como “filósofo”. Él ha sido un gran literato. Pero esto no quita que tenga su metafísica propia, su “pequeña filosofía”. Toda su vida fue un incansable profundizar en la realidad cambiante y fenoménica, tras la búsqueda de lo perenne e inmutable de las cosas. Cuando  pasaba noches enteras sobre el papel, tratando de definir a España a través de una costumbre, de una institución o tradición, ¡qué otra cosa realizaba sino filosofía!

            Azorín es un filósofo escéptico y analítico; un filósofo enamorado de la vida, de la verdad, de la naturaleza, de un tiempo eterno…

            Si leemos sus escritos, pronto hallaremos la causa que siembra su espíritu de inquietud filosófica: el tiempo. En el capítulo VI de las Confesiones lo declara expresamente: «… os digo que esta idea de que siempre es tarde es la idea fundamental de mi vida; no sonriáis. Y que, si miro hacia atrás, veo que a ella le debo esta ansia, este apasionamiento por algo que no conozco, esta febrilidad, este desasosiego, esta preocupación tremenda y abrumadora por el interminable sucederse de las cosas a través de los tiempos».

El tiempo

            «Esta preocupación por el interminable sucederse de las cosas a través de los tiempos» impregna, como música de fondo, toda la creación artística de Azorín.

            Él, escéptico e indiferente a todo, ha sentido profundamente afectado su fondo anímico por el tiempo: «¿Habrá sensación más trágica que aquella de quien siente el Tiempo; la de quien ve en el presente el pasado y en el pasado el porvenir?»

            Azorín, paralelamente a Bergson, ha introducido en las letras españolas una nueva concepción del tiempo. Considera el instante temporal  formado por una estructura que podríamos llamar atómica. La fugacidad y puntualidad son el accidente, la capa o corteza externa; mientras que la repetibilidad es la sustancia o núcleo.

            a.- Fugacidad y puntualidad. El instante temporal es huidizo, fugaz. Nuestro yo –y todas la cosas- va pasando de un acto a otro, y es algo que incesantemente vive,  fluye y avanza.

            Las nubes, en constante movimiento y cambio, nos dan esta sensación trágica y desoladora. «Las nubes son –como el mar- siempre varias y siempre las mismas. Sentimos, mirándolas, cómo nuestro ser y todas las cosas corren hacia la nada, en tanto que ellas –tan fugitivas– permanecen eternas. (…). Las nubes son siempre distintas, en todo momento, todos los días van cambiando por el cielo».

Pretendemos detener el tiempo en los relojes, pero el minutero continúa impertérrito su tic-tac dramático. Cuando queremos tener aprisionado el tiempo –en un momento de ventura–, vemos que han pasado ya semanas, meses, años…

            La misma fugacidad hace al instante simplísimo, singular, del todo puntual. Lo que está siendo, a la vez está dejando de ser, es atrapado por el pasado.

            Al «instante» lo podríamos comparar con el piloto del tren: «Haga el tiempo que haga, invierno o verano, llueva o nieve, la lucecita aparece todas las noches a su hora, brilla un momento y luego se apaga».  A nadie aguarda, porque de nadie es deudor. Es como un cheque en blanco que pasa ante nosotros. Si hemos sabido mancharlo con la cifra de nuestro trabajo, redituará. Si no, nos exigirá su valor.

            El pintor, el poeta, el artista, en general, puede arrancar al instante de la corriente del tiempo, separarlo, aislarlo. Poeta verdadero será aquel que en sus versos sepa desligarse de toda situación espacio-temporal. El pintor ha de saber desconectar sus cuadros del pasado y del futuro.

            Azorín aprecia sobremanera esta técnica impresionista que capta el instante y lo eterniza en un presente remansado.

            b)  Repetibilidad. Esta es la esencia del instante, su núcleo. Para Azorín, todo corre, fluye en la gran corriente temporal.  Sin embargo, encontramos en sus escritos numerosas alusiones a un retorno continuo: «Todo en la gran corriente de las cosas es inmutable y eterno; y todo, siendo distinto, volverá perdurablemente a renovarse».

            Comentando en Las nubes la frase de Campoamor, «Vivir es ver pasar», escribe: «Si vivir es ver pasar, ver pasar allá en lo alto las nubes, mejor diríamos: Vivir es ver volver. Es ver volver todo en un retorno perdurable, eterno; ver volver todo –angustias, alegrías, esperanzas– como esas nubes que son siempre distintas y siempre las mismas, como esas nubes fugaces e inmutables».

            Aparte de esta renovación casi fatal de la que somos simples espectadores, el hombre posee pleno dominio sobre la esencia misma del instante temporal, su repetibilidad. En cualquier momento puede recuperar las horas perdidas, la vida segada por la guadaña del tiempo. Y ello mediante la evocación. «Este es el gran medio que el hombre, por ser hombre, tiene de despojarlo todo de la influencia del tiempo y de eternizarlo. Por ella recuperamos, revivimos en nuestro espíritu las emociones, los sentimientos que, hace mucho, el tiempo, a su paso, extinguió».

            La evocación poética es muy frecuente en Azorín. A ella se debe esa guirnalda de recuerdos infantiles que son las Confesiones de un Pequeño Filósofo.

            Aspiración conseguida

            Para terminar, cito un párrafo  de un capítulo de El Escritor, que, aunque parece contradictorio en él, entraña su aspiración más íntima: «El tiempo no me oprime. Ni la mesa ni el lecho tienen  retentiva para mí. Como cualquier cosa –un zatico de pan y una aceitunas– y me levanto de la cama sin esfuerzo a cualquier hora de la noche. El encanto mío es, en las noches de luna, contemplar sobre el ciprés la cara redonda del astro o su cuarto menguante. La luna se dice placidez, serena, a lo largo del tiempo, de una costumbre de una institución, de una fórmula estética».

            Azorín no contemplará más la lucecita del tren acercarse y marcharse puntual. Ni el parpadeo inmutable de los astros en el cielo, porque ya descansa en el remanso del tiempo. El tiempo, en realidad, ya no lo oprime. Marchó el dos de marzo en el tren de las cinco. Adiós, Gran Maestro. Vete tranquilo, que continúas con nosotros. Para última despedida, bien vale aquella que hace años escribiste:

“ADIÓS. ADIÓS. ETERNIDAD. ETERNIDAD”.

Valladolid, Mayo de 1967

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