Defensa personal

         En las urgencias de los Centros de Salud y de los Hospitales se encuentra un lugar idóneo para valorar  el nivel cultural de las personas. Allí nos conduce un trastorno inquietante en nuestro estado de salud, que necesita respuesta rápida. Allí, aquejados por el dolor, síntoma de un mal que clama por ser eliminado, se impacientan personas de diferentes estratos sociales, etnias y edades. El tiempo se paraliza y los protocolos enervan los ánimos de los enfermos y familiares.

         El mes de diciembre lo inicié, como acompañante, con esta angustiosa experiencia. Tres días completos con idéntico itinerario: recepción-sala de diagnóstico-especialista-análisis-sala de sillones y alta al anochecer. Corrección en los profesionales de la sanidad, pero sin atajar la disfunción. Por lo que la razón tiene que embridar los sentimientos, ceder un espacio a la fe y  dar reposo a las palabras.

         En este triduo en el  PTS granadino, en el que el comportamiento de pacientes y acompañantes fue correcto, me sorprendió ver, a  espaldas de los profesionales que nos atendían, un número de teléfono, fijado  en la pared de cada despacho, para llamar  en caso de acoso o de agresión. Me sorprendió y me preocupó, porque me transmitió la idea de que ejercen la profesión con temor, con angustia. Idea que, unos días después, me confirmaba Sarai Bauzán en su reportaje en IDEAL, titulado: «Crecen un 60% las agresiones a sanitarios por el incremento de insultos y amenazas». Y daba como motivo las prisas y las situaciones de tensión.

         Cuando se produce una agresión a profesionales de la sanidad, vemos actos de condena a  las puertas de los Centros sanitarios, en solidaridad con el afectado y solicitando medidas a la Administración. Manifestaciones que sólo consiguen que los políticos dicten algunas medidas protocolarias de protección, que no resuelven nada. ¿Se puede concienciar al paciente de que no se soluciona  su problema con la violencia? La concienciación es larga y la agresión es breve e inesperada. ¿Deben ser todos los profesionales de la sanidad expertos en el  arte de  la persuasión y maestros en defensa personal, como se les aconseja? ¿Con mesas de trabajo basta para prevenir?

         Si las causas de las agresiones verbales o físicas vienen dadas por «retrasos en la atención, por no dar la medicación que el paciente cree necesaria o por un diagnóstico no deseado”,  ¿qué puede hacer el facultativo? Nada. Porque hemos entrado en una dinámica en la que se han degradado los valores, en la que el más tonto se cree especialista en todo, y no se acepta el diagnóstico de un médico o  la sentencia de un juez.

         La democratización de la sociedad no significa la anulación de papeles o de funciones. No son los padres los que tienen que calificar el proceso educativo de un alumno, ni el paciente el que debe diagnosticar su enfermedad y automedicarse. Cuando se pierden los papeles, se pierde el respeto y se genera el conflicto. Médico, enfermera, auxiliar, celador, enfermo… tiene cada cual su función. Función que se expresa en la lengua, en el tratamiento durante el trabajo. Si la jerarquía se rompe, si dejamos de creer en el especialista, si despreciamos la especialización y el saber, retrocedemos a la edad de piedra.

         Que se recomienden cursos de defensa personal en la profesión de la sanidad o a la mujer para contrarrestar la brutalidad del varón; que se adiestre a la policía para esquivar los ataques de los agresores en las manifestaciones, sin opción a contraatacar, y con un número de identificación personal  en la espalda, nos pone de manifiesto que empezamos el año 2020 con bastantes interrogantes que resolver, aparte del tema territorial, de la inestabilidad económica o de la división de poderes.  

Publicado en IDEAL de Granada el sábado 4 de Enero de 2020

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