Cultura y política

        La inestabilidad política, económica y social que se extiende por todo el mundo y, más concretamente, por España, está generando un clima de aversión hacia la clase política, a la que se le cuestiona la capacidad y los conocimientos necesarios para el desempeño de su función. Función que es sencilla: gestionar justa y equitativamente  unos recursos,  siempre escasos, para el bien de los ciudadanos.

        Pero, con frecuencia, se olvidan de este cometido y se  afanan en hacer buena la sentencia del sofista griego  Teognis: «Para la mayoría de los hombres sólo hay una virtud: ser rico». Desgraciadamente,    entre políticos de la  derecha  y de la izquierda, de la vieja y de la nueva casta, hemos visto a personas que han utilizado los cargos para medrar.  «Hemos venido a cambiar la vida de la gente», se nos dice. ¿De qué gente?, preguntamos. Porque la metamorfosis la disfrutan  sólo ellos. Por eso, Pablo Iglesias ha repetido públicamente que no nos fiemos de Sánchez, ni de los políticos;  de él,  tampoco. ¡Sus razones tendrá el hombre…!

         Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política en la Universidad del País Vasco,  en un artículo en El País del 30 de septiembre, se preguntaba: «¿Se mejora un país confiando en los intelectuales o en la gente corriente?». Y contestaba que «la democracia requiere conocimiento, pero se justifica por el desconocimiento». Remachando que «la última razón de la democracia es que gestiona mejor la ignorancia que cualquier otro sistema político».

            Esta tesis trata de desmontarla Jason Brennan en su libro “Contra la democracia”: «Cuando los miembros de un grupo votan, si están mal informados, puede que no estén ayudándose a sí mismos, sino pegándose un tiro en su pie colectivo». Y cuestiona que el hecho de votar nos convierta en mejores ciudadanos, «que la implicación en la política hiciera a las personas más listas, más preocupadas por el bien común, más cultas y más nobles», como pensaba Stuart Mill.

Brennan clasifica a los votantes democráticos en «hobbits» (ignorantes en política), «hooligans» (con formación, pero ignoran y desprecian lo que no venga de la ideología de su partido) y los «vulcanianos»  (“piensan en la política de una manera científica y racional”). Para él,  voto y  gestión política estarían reservados a los vulcanianos, a las personas competentes ética y culturalmente.

            Aunque sus planteamientos son utópicos,  por el momento, sí nos mueven  a la reflexión en vísperas de unas elecciones transcendentales para los ciudadanos españoles. Cuando vemos y sufrimos  la situación catalana, tenemos que darle la razón en cuanto a la clasificación de los votantes: «La mayoría de los ciudadanos y votantes democráticos son, bueno, nacionalistas ignorantes, irracionales y desinformados».  En este caso, auténticos  hooligans, descerebrados Boixos Nois, que están destruyendo la economía y la convivencia en Cataluña. Por lo que así «la política tiende a hacer que nos odiemos mutuamente, aun cuando no debería. Tendemos a dividir el mundo en gente buena y mala. Tendemos a ver el debate político no como una disputa razonable sobre cómo conseguir nuestros objetivos compartidos de la mejor manera, sino más bien como una batalla entre las fuerzas de la luz y la oscuridad». Y esto no surge por generación espontánea, sino porque, cuando, según Brennan, «las decisiones políticas de mayor importancia se llevan a cabo de manera incompetente o de mala fe, o si son adoptadas por un órgano de toma de decisiones fundamentalmente incompetente, se asume que pueden ser injustas, ilegítimas y carentes de autoridad». De esto  tenemos ya sentencia, cuestionada por muchos que lamentablemente deciden, legislando, sobre nuestra hacienda y  nuestra vida.

Ojalá que las urnas del próximo domingo fuesen recipientes de sabiduría,  sensatez y honestidad  para  infundir  racionalidad y  concordia   en todos los candidatos.

        Publicado en IDEAL de Granada, el martes 5 de Noviembre de 2019   

Deja una respuesta