Doble cara del progreso

      El progreso es consecuencia de la creación humana, por la que el hombre ha ido transformando la naturaleza y transformándose a sí mismo. Para bien y para mal, el hombre es el alfarero de su propio ser, el artífice de su esencia: «el único que es no sólo tal como él se concibe, sino tal como él se quiere», escribe Sartre.  El hombre persiste incansable en su afán creador, a pesar de la diáspora provocada por Yahveh en Babel, según el capítulo 11 del Génesis, porque «ahora nada de cuanto se propongan les será imposible».

            El fuego es uno de los descubrimientos que afectaron positiva y negativamente al ser humano: contribuyó favorablemente en la alimentación y en la metabolización de determinados alimentos, en la sociabilización y vida en común, pero también se le anotan determinados efectos negativos contaminantes, así como acciones devastadoras en los incendios, voluntarios o espontáneos, que cada año asolan la flora terrestre. La invención del motor de explosión ha sido esencial en el desarrollo de la industria y el transporte, impulsores de la «revolución industrial».  Revolución que tanto bienestar ha aportado a la humanidad y tanto ha perjudicado a la salud y al medioambiente.  Y no hablemos de la energía nuclear, que, junto a consecuencias positivas, ha generado catástrofes irreparables, tanto en la Segunda Guerra Mundial, como en torno a algunas centrales nucleares. 

            Hoy nos enfrentamos a las «nuevas tecnologías»- La mayor revolución de la historia de la humanidad. Revolución que es consecuencia del anterior desarrollo de la ciencia, y que abarca a todo lo relacionado con el hombre: ciencia, medicina, industria, agricultura, transporte, comunicación, seguridad, trabajo, comercio, política, relaciones personales,  libertad,  ética…  Las consecuencias son imprevisibles en lo positivo y en lo negativo. La metamorfosis en la industria, comercio, información, relaciones personales,  genera calidad en los productos, rapidez en los servicios, mentes más complejas y mejor preparadas. Pero, a la vez, deja obsoletas a muchas industrias, a numerosos comercios; lanza al paro a millones de trabajadores, por reducción de mano de obra o por incapacidad para subirse al tren del progreso.

            Pero uno de los problemas más serios que la revolución tecnológica está produciendo es el de la adicción de niños y jóvenes a las mismas. Adicción que puede tener efectos tan nocivos como el tabaco, el alcohol o el resto de drogas. Hace unos meses se hacía público que en Silicon Valley aumentan los colegios en los que los ordenadores, tablets o móviles están prohibidos. Se usan los encerados, las tizas (como se ha hecho tradicionalmente),  el papel y el lápiz, los murales con notas, trabajos manuales de los alumnos… Los aparatos digitales comienzan en la secundaria. Y esto en colegios donde se educan los hijos de directivos de Google, Apple, y otros  gigantes tecnológicos. Quienes, además, obligan a las chicas de servicio a dejar el móvil  en portería, y a que los niños no tengan acceso a las pantallas mientras están ellas en casa. La familia de Bill Gates come sin móviles, y sus hijos no recibieron un móvil hasta los 14 años.

            Esto nos lleva a pensar en que las familias menos favorecidas, por cultura y trabajo, son quienes  más van a sufrir el impacto de las adicciones tecnológicas. Porque no saben o no pueden controlar el comportamiento de sus hijos ante las pantallas. O porque ven con simpatía que un bebé maneje un móvil o una tablet con soltura, mientras se enfría la comida sobre la mesa. Las consecuencias psicológicas e intelectuales para los niños y jóvenes están ya siendo preocupantes. Pensemos en el incremento de la distribución de pornografía por internet, en el rendimiento escolar… Las grandes empresas operan por la ética del beneficio.

Publicado en IDEAL de Granada, el miércoles 3 de Julio de 2019

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