Avenida de la Constitución

Nuestras ciudades  se hallan sometidas permanentemente a cambios por crecimiento, modernización,  reformas en edificios y calles, en parques y jardines… De igual modo  las calles ven modificados sus nombres al arbitrio de los políticos de turno que detentan del poder.

La Avenida de la Constitución granadina es un ejemplo de esta metamorfosis. El nombre de Real de San Lázaro fue sustituido por el de Calle de Alfonso XIII. Nombre que, en 1931,  dio paso al de II República. La entrada triunfal  de Franco por la misma, el 20 de abril del 37, obligó a descolgar el rótulo, para cambiarlo por el de Calvo Sotelo. Con la restauración de la democracia hubo otra limpieza del callejero, y, en 1981, Avenida de la Constitución mandó al ostracismo a  don José Calvo Sotelo.

Esta avenida, por la que Granada transitaba a la mayor parte de la provincia,  a Andalucía y a España; que nos dejaba  a las puertas de Renfe,  del área hospitalaria, de la plaza de Toros y del estadio de Los Cármenes, también ha sufrido remodelaciones históricas. En 1974 se vivió como una tragedia la tala de más de 400 Plátanos de Indias. Manifestaciones y encadenamientos de las mujeres del barrio a los árboles  no lograron cambiar la decisión del alcalde Pérez Serrabona, que puso fin  a la vieja arboleda, a la vía central, a las vías laterales que usaban los tranvías de Atarfe y Fuente Vaqueros, y a las aceras. «Requiem por los árboles de la Avenida de Calvo Sotelo», tituló Ideal. En 2006  «el bulevar Serrabona» se vuelve a transformar  a golpe de sierra y de las máquinas excavadoras. Allí nace nuestro actual bulevar, con el paseo central, las calzadas laterales y las aceras. Un bulevar, aliviado de tránsito por el Camino de Ronda y la Circunvalación, exuberante en árboles y flores que refrescan y relajan a quienes disfrutan de él.

En el amplio paseo nos encontramos, desde hace unos años, las estatuas de un conjunto de personajes de la cultura e historia granadina: Gran Capitán, Lorca, Elena Martín Vivaldi, Frascuelo, Alarcón, Benítez Carrasco, La Canastera, Falla, Eugenia de Montijo, San Juan de la Cruz….

El pasado día seis, mientras se presentaba en el Instituto Cervantes, en Madrid, la wed «universolorca.com», el paseo estaba tranquilo. Las personas con prisa caminaban por las aceras laterales. Jubilados matando el tiempo, sentados en los bancos en serena conversación o caminando parsimoniosamente del brazo de una asistenta sudamericana; personas con hemiplejia, que avanzan con esfuerzos titánicos y movimientos pendulares…   Sic tansit vita maiorum. Lorca, sentado un el banco, con un libro en la mano, estaba pensativo. Bajo el pie derecho, que no alcanza el suelo, por tenerlo montado sobre el izquierdo, había una cajetilla de tabaco vacía que, en un recuadro negro, decía: «Fumar mata». ¡Ay Federico…! ¿Qué insensato ha arrojado la cajetilla a tus pies? ¡Sabrás tú quién  mata…! El odio, la intransigencia, la incultura, las hojas de relucientes cuchillos, las balas certeras de mercenarios descerebrados… ¡Odios que parecen revivir…! Y mientras tú pensabas, García Montero lanzaba al mundo tu vida, tu obra, los lugares que tú dignificaste, proclamando: «Lorca representa a las víctimas de todas las guerras que se siguen produciendo en el mundo».

Cerca de Federico estaba Elena, con otro libro abierto, y una rosa roja en el regazo. De las del bulevar. Vistosa, transgénica  y sin olor. En su libro leemos: «Serena de amarillos tengo el alma». Su fans, conocedor del poema de  Ronsard, «Toma esta rosa…», se la ha ofrecido: «La rosa y tú han sólo una semblanza: / no más un sol la rosa tendrá vida; / mil soles tú pervives de esperanza». Tú,  y Federico,  y Falla, y Frascuelo…

Publicado en IDEAL de Granada el miércoles 22 de mayo de 2019

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