Vocación y trabajo

 

La palabra «vocación» ha estado tradicionalmente ligado a la llamada o invitación de Dios a seguirle en el sacerdocio o en la vida consagrada, dentro de la Iglesia Católica. Concepto que, en una sociedad marcada por la cultura cristiana, se hizo extensivo a la inclinación de una persona hacia un trabajo o profesión. Y oíamos, con frecuencia, decir «tiene vocación de médico», «su vocación es ͔la enseñanza». La pasada semana escuchaba una entrevista a un concejal del  ayuntamiento  motrileño, que, tras criticar con dureza a los partidos tradicionales y poner de relieve la marginación en  que el Proyecto de nuevos presupuestos estatales deja a su municipio, decía que él estaba en política «por vocación». Daba a entender que al servicio público se arriba sin la idoneidad necesaria o por intereses bastardos. Connotación por la que no le garantizamos derechos de autor.

Con la secularización de nuestra cultura, la palabra «vocación» está siendo sustituida  por «gustar». Y encontramos a personas a las que les gusta «ser modelos», «ser biólogos»… Y a muchas otras a las que «no les gusta trabajar».

Lo curioso es que, bajo la óptica de la llamada, de la inclinación o del gusto, estamos limitando demasiado las salidas laborales de cualquier persona. Todos tenemos un amplio abanico de capacidades que hemos desarrollado de manera desigual, pero que nos habilitan para enfrentarnos de forma  eficiente a la realidad del trabajo. Si en este mundo vertiginosamente cambiante y globalizado no somos capaces de asumir distintos roles en el escenario productivo, mediante una formación  plural y permanente, nos veremos atrapados en la desesperante  marginalidad del desempleo o  bloqueados en una inactividad que puede conducirnos hasta la depresión.

Las empresas buscan, a la hora de contratar, cualidades, formación y aptitudes para el puesto de trabajo que se ha de desempeñar. Lo acabamos de ver en la oferta que se hacía para las Rebajas de enero. Según Adecco, perfiles ligados a estos sectores, como empaquetadores, carretilleros, mozos de almacén, transportistas, comerciales, profesionales de atención al cliente: alta perfumería, cosmética, electrónica, juguetería, alimentación, imagen, sonido, textil…

Es evidente que muchos títulos universitarios no garantizan un empleo en la materia cursada. Pero no es menos cierto que la formación recibida capacita para una amplia gama de actividades, que no podrán realizar quienes no superaron la etapa de Secundaria. Una destacada política granadina declaraba en este periódico, tras haber cursado hispánicas, que su vocación era la de arqueóloga. Y, sin embargo, ha ocupado todos los altos puestos de la política granadina y hoy se encuentra sentada en la mesa del Parlamento andaluz.

No valemos para todo, pero sí, para muchas actividades. No podemos reducir nuestras capacidades a un «Me gusta sólo esto». Y mucho menos en un momento en el que vivimos en alerta naranja por despidos laborales: Vodafone, Ford, Santander, Unicaja, CaixaBank… Y a la espera de que el Tripartito andaluz audite a las empresas de la Junta y cumpla lo pactado, desmontando  Fundaciones, Centros de Interpretación y  la amplia gama de  falsos comediantes del  “Corral del teatro andaluz”.

Cuando veo a muchos inmigrantes desempeñando digna y eficientemente numerosos trabajos en Granada y provincia, porque son actividades que no nos gustan, recuerdo a Oscar Wilde, en uno de sus Cuentos, cuando el joven príncipe expresa que es difícil trabajar para un empleador duro, pero peor, no tener trabajo. Siempre, por supuesto, que el  trabajo ofrezca una remuneración para vivir con dignidad. Aunque la historia parece repetirse: como  en Grecia o en Roma,  los “ciudadanos”  no pueden realizar trabajos, sean agrarios o domésticos. Estos se dejan para  extranjeros o  no documentados,  que trabajan en nuestros campos, en la construcción,  en restauración o servicios para tercera edad…,  por falta de VOCACIONES.

Publicado en IDEAL de Granada el lunes 21 de Enero de 2019

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