Hemos cortado la última página del calendario y nos encontramos con un nuevo año cargado pletórico de buenos propósitos y de incertidumbres políticas y económicas. Lo que sí parece cierto es que de la lacra de la violencia machista no nos vamos a librar. La estadística nos dice que, en España, se asesina a una mujer por semana. Y esta primera semana no ha querido desmentir los hechos, apuntándose el asesinato de Laredo.
Ivan Jablonka publicaba hace quince meses «Laëtitia o el fin de los hombres». Un libro en el que, con motivo de la violación, asesinato y descuartizamiento de la joven Laëtitia Parrais, de 18 años, en 2011, hace un escalofriante análisis de la sociedad francesa que genera esta violencia, de los medios de comunicación con periodistas buitre que perturban el dolor del funeral, y de los políticos, como Sarkozy, que intenta sacar rédito político de la muerte de Laëtitia, implementando las leyes contra los violadores.
Este asesinato ofrece gran similitud con los de Diana Quer y Laura Luelmo: muerte atroz a manos de asesinos reincidentes, violación, ocultamiento del cadáver, repercusión mediática desbordada, manifestaciones de repulsa y declaraciones oportunistas de los políticos. Y larga espera de la familia para recibir el cuerpo de la víctima, sometido a pruebas interminables en el Instituto Anatómico Forense.
Mis años de docencia en el primitivo Instituto «Vázquez Díaz», con alumnos de Nerva, Riotinto, El Campillo y Zalamea, me han hecho empatizar fuertemente con la familia de Laura, desde mi absoluto desconocimiento de la misma. Y más, cuando se vio obligada a pedir respeto a su intimidad: “¡Déjenlo ya!”. “Porque esas especulaciones, emisiones y comentarios públicos sólo agravan nuestra angustia, alargan nuestra espera y aumentan nuestro dolor”.
Larga y cruel Navidad con la retención del cuerpo para análisis y contra-análisis, con declaraciones contradictorias e inoportunas de Guardia Civil y forenses acerca del día de la muerte. Los políticos marcharon de vacaciones, los manifestantes a celebrar la Navidad y los medios a echar las redes en otros bancos de pesca. Ellos quedaron solos con su dolor, esperando la llamada del encuentro.
Cuando Bernardo Montoya suplica «por favor, déjenme encerrado toda la vida. No me dejen salir, porque lo volveré a hacer», está pidiendo la cadena perpetua. Me viene a la memoria el protagonista de “La familia de Pascual Duarte”, de Cela, asesino de su madre, de D. Jesús, de El Estirao… Nos da la clave del comportamiento de los Montoyas, Duartes, Chicles…«La idea de la muerte –dice- llega siempre con paso de lobo, con andares de culebra, como todas las peores imaginaciones. (…) Al correr los días y las noches nos vamos volviendo huraños, solitarios; en nuestra cabeza se cuecen las ideas, las ideas que han de ocasionar el que nos corten la cabeza donde crecieron, quién sabe si para que no siga trabajando tan atrozmente».
En estos casos hay que dar la razón a Watson, padre del conductismo, pues son seres cuyo comportamiento responde al estímulo-respuesta, y su capacidad de modificación es nula. Carecen, incluso, de remordimiento: «de aquellos actos a los que nos conduce el odio, a los que vamos como adormecidos por una idea que nos obsesiona, no tenemos que arrepentirnos jamás, jamás nos remuerde la conciencia» –dice Pascual-.
La reclusión penitenciaria debe servir para la rehabilitación del delincuente y para purgar el delito. Pero hay personas marcadas por unos hábitos malvados que jamás van a modificar. Se puede pensar que las familias Quer, Cortés, Del Castillo, Luelmo… piden la prisión permanente por venganza o resentimiento. Pero también es justo pensar que es lícito privar de libertad a sujetos que han arrebatado la vida a otras personas y siguen siendo, además, un peligro evidente para la sociedad.
Publicado en IDEAL de Granada, el martes 8 de Enero de 2019