Oímos y leemos reiteradamente quejas del retraso y del abandono en que se encuentra la economía de Granada. Una ciudad, cuyos recursos proceden del turismo y de los servicios, pues la vega ha ido sufriendo las dentelladas de la urbanización y del abandono, y falta de competitividad en sus productos estrella: tabaco, patatas, verduras y hortalizas. Frente a los sueños románticos de poetas, músicos y peripatéticos múltiples, que ven el pasado rural granadino como una Arcadia a la que hay que regresar, está la cruda realidad del progreso que deja tirado a todo el que no sube a su tren supersónico.
La costa granadina ha sufrido cincuenta años de transición desde la progresiva desaparición de la caña de azúcar hasta que los subtropicales y hortalizas han alcanzado casi la mitad de las exportaciones provinciales. En la Feria Internacional, organizada por IFEMA-FEPEX, en Madrid, hace tres semanas, hemos podido ver (ofrecidos por este periódico) los avances que se están produciendo en el sector. Empresas o cooperativas como La Palma, La Caña, Procam, Los Cursos, El Grupo… se encuentran a la cabeza de la innovación, creación de empleo y exportaciones. Las cooperativas forman permanentemente a los agricultores, así como Caja Rural de Granada, con su Centro de Experimentación La Nacla, que se encuentra a la cabeza del estudio sobre subtropicales. Sus técnicos han sido pioneros en la poda y polinización del chirimoyo, que han permitido el control y prolongación, casi anual, de la producción. Y respecto al aguacate, están ofreciendo al agricultor toda la información sobre los suelos más adecuados, variedades más rentables, poda, fertilizantes, enfermedades…, en cursos gratuitos, que incluyen prácticas sobre el terreno, como el que se va a impartir próximamente en el Hotel Salobreña.
No cabe duda de que el paisaje de plástico que salta a la vista en algunas zonas impacta negativamente en nuestras retinas. Pero, cuando entramos en el interior de los invernaderos, es impresionante contemplar la limpieza, el esplendor de las plantaciones, la diversidad de productos, el color y variedad de tomates, pimientos, berenjenas… Todo dirigido por técnicos y agricultores en formación y reciclaje permanentes, con las nuevas tecnologías.
Junto al plástico, podemos contemplar faldas de montes cubiertas de mangos y aguacates, que han convertido el viejo erial en un filón de riqueza y en un guiño al medioambiente.
Esta eclosión agrícola costeña está recibiendo mucho dinero de Fondos europeos para empresas y agricultores, y generando numerosos puestos de trabajo en el campo, en manipulación de productos, transporte, mantenimiento de instalaciones, técnicos… Mano de obra que incluye una bolsa de fraude incontrolada, conocida por todos: falsos autónomos, trabajadores sin asegurar, porque les obligan o para cobrar el paro… Y políticos que miran para otro lado, pues “el voto es el voto”. Los Sindicatos agrarios callan; nadie denuncia que la hora de trabajo se paga, por lo general, a 5 euros. Parece que la Izquierda no está en el campo: asaltó el poder en sus variadas ramificaciones. Cuando los cañameros “calientan escaño”, o se hacen propietarios mediante cualquier tipo de “amortización”, el silencio reina en el sepulcro de la explotación agraria.
La vega granadina, por su parte, o toma el tren de la modernización o se convierte en un parque temático, pagado por todos, para quemar los lípidos de ociosos y jubilados. Pues no es posible el retorno al pasado árabe con riegos por inundación y producciones no rentables ya. El futuro lo tienen que diseñar empresarios y técnicos agrícolas y medioambientales. O colgaremos el rótulo de la capilla del cementerio: “Et in Arcadia ego”. Título del cuadro de Nicolás Poussin, de1637, con variada semiótica. De cuyas interpretaciones, una cuadra perfectamente a nuestro entorno: “lo que fue un paraíso, hoy es muerte”.
(Publicado en IDEAL de Granada, el domingo 11 de Noviembre de 2018)