El pasado fin de semana, en un tiempo muerto, entre la asistencia a un entierro en el cementerio de S. José y una comida programada con unos amigos, decidí hacer una visita al Centro Comercial Nevada. Pensaba encontrar estacionamiento fácil y gratis, tras el atraco sufrido en los aparcamientos del camposanto granadino. Pero la cosa no resultó fácil. Las plazas estaban ocupadas prácticamente en su totalidad.
Mis anteriores visitas al Nevada habían sido rápidas, y con un objetivo concreto. En esta ocasión, sólo me movía la contemplación del edificio y del amplio abanico de comercios, cafeterías y restaurantes que allí se albergan. El diseño del complejo comercial me trajo a la mente “La Cúpula de Madrid”, de San Sebastián de los Reyes. Pero pronto desaparecieron de mi mente los deleites arquitectónicos, ahogados por la música ambiental y la multitud que llenaba el recinto. Me di cuenta de que estábamos en Rebajas. Y recordé las conclusiones que la socióloga Belén Barreiro, en su libro “La Sociedad que queremos”, nos ofrece acerca de los jóvenes y el consumo. “Como consumidores, se han hecho sobre todo austeros. La sobriedad ha marcado sus estilos de vida como en ninguna otra generación”, escribe. Afirmación que a mí no me cuadraba, ante la riada de jóvenes que se movían por pasillos y comercios. Casi todo el mundo portando bolsas de compras, entrando y saliendo de los establecimientos, tratando de satisfacer el impulso de sus apetencias o necesidades. El Burger King, McDonald’s, La Andaluza, La Cueva 1900, a tope de comensales. Los móviles, fuera de servicio o silenciados por los decibelios del ambiente.
Para la juventud, “la sobriedad ha marcado sus estilos de vida como en ninguna otra generación”. “Se han hecho críticos con la forma de vivir de sus padres, a los que perciben enganchados a una rueda consumista carente de sentido”. Son conclusiones que saca de un Estudio de Mikroscopia 2015, MyWord. Pero la austeridad no creo que sea una virtud que defina a los jóvenes, frente a unos padres “derrochadores”. ¿Por qué conducen coches nuevos o motos de variada cilindrada? ¿Quién calza las zapatillas de marca o consigue el último iPhone lanzado al mercado? Son los padres, quienes les pagan ordenadores portátiles, matrículas, vivienda, manutención, ropa, viajes, conciertos…, hasta que encuentran un trabajo que les guste. Esos padres que se aproximan a la jubilación y han sabido sacrificarse para conseguir un determinado patrimonio inmobiliario, un negocio, un terreno…, pensando en sus hijos, que hoy les vuelven la espalda a la hora de colaborar o de gestionar lo que están a punto de heredar. “¿Qué hago con el campo? ¿Qué hago con el negocio? –te dice mucha gente–. Ni mis hijos ni mis yernos quieren saber nada”.
Que a la hora de comprar ropa “los jóvenes se guíen por el precio cinco veces más que sus mayores y ello los acerca a comprar más en bazares, en tiendas chinas o pakistaníes”, puede ser cierto. Pero, porque carecen de recursos para su material de trabajo y buscan el ahorro para otros “menesteres”.
Los jóvenes de hoy, por más que digan las encuestas, viven más esclavos del consumismo que sus progenitores. Están sometidos, igual que los mayores, a fuertes campañas publicitarias de ropa, calzado, nuevas tecnologías, locomoción…, a las que sucumben a costa de los padres. Por lo general, carecen de proyectos de futuro que les obliguen al ahorro. Han hecho suya la filosofía horaciana del “carpe diem”. Se encuentran a gusto en el “status de la dependencia” familiar y social, para darse buena vida, y para que se les subvencione la formación sin prisas y sin agobios. Son, más que otras generaciones, objeto del mercado y consumidores irracionales.
(Publicado en IDEAL de Granada, el martes 23 de Enero de 2018)