Zaratustra, el profeta nietzsceano, proclamaba: “Yo mismo formo parte de las causas del eterno retorno. Vendré otra vez, con este sol, con esta tierra, con esta águila, con esta serpiente; (…) vendré eternamente de nuevo a esta misma e idéntica vida”. Así es la Navidad. Cada año se montan belenes públicos y domésticos; ciudades y pueblos se iluminan con símbolos que nos transportan al acontecimiento que hace más de dos milenios cambió la historia de la humanidad: el nacimiento de Cristo. Papá Noel, Santa Claus, Reyes Magos, Boxing Day, sin embargo, han ido tomando tal relevancia, que acaban oscureciendo al Sol que da luz a la Navidad.
“A partir de Nietzsche –nos informan los posmodernos- hemos de resignarnos a admitir que no hay hechos, sino sólo interpretaciones”, escribe F. Savater en ´La verdad eterna’. Esto nos podría acercar a la comprensión de cómo, durante este mes, un conjunto de tradiciones culturales nos ha llevado a programar una serie de actividades que desarrollan los hechos históricos y, tal vez, los olvidan. La estrella que guía a los Reyes genera un fastuoso derroche de luz y color. El marco del establo, una competición general de belenes. La pobreza en la que nace el Mesías, despierta las conciencias, aletargadas durante el año, hacia la solidaridad con los niños humildes, las familias sin recursos, los sintecho, los carentes de salud en hospitales o residencias de mayores… La cabalgata de Reyes provoca un espectáculo social totalmente desconectado del relato evangélico. ¿Cuánta gente recuerda la simbología del oro, el incienso y la mirra, regalo de los Magos?
Cada Navidad se canta un variadísimo repertorio de villancicos, tanto en letras como en música pegadiza. Como escribía en estas páginas el ilustre compositor y escritor José García Román, Noche de Paz y Adeste fideles, son dos “inmensas melodías” que recogen el auténtico espíritu de la Navidad. La primera, “Noche de paz, noche de amor”, celebra el Nacimiento de Jesús. Búsqueda de una paz que nos debe unir a todos, desde la fe o desde la laicidad, en un período histórico marcado por la violencia, los asesinatos, el terrorismo, la confrontación política y las injusticias.
Los signos que nos unen en estas fechas constituyen, en nuestra sociedad, un legado cultural de siglos. Legado que pretende ser silenciado y abolido por las nuevas fuerzas políticas populistas, cuando suprimen los belenes de los espacios públicos o los convierten en un zoo más variopinto que el Arca de Noé. Cuando despojan al alumbrado navideño de sus signos de identidad. Tampoco resulta digno utilizar políticamente la decoración navideña, colocando lazos o luces partidistas en las figuras o símbolos. Cualquier persona sensata, inteligente, de buen corazón, acepte o no la fe cristiana, tiene que ser receptivo al mensaje que estos días se nos transmite: paz, amor y solidaridad.
La segunda melodía, “Adeste fideles / laeti triunphanfes (…)/ venite, adoremus dominum”, no es, evidentemente, asumible por los no creyentes, ni en su letra ni en su mensaje. Pero sí por su calidad musical, como tantas composiciones de música clásica de Haydn, de Bach, de Mozart…, que, con temática religiosa, hoy forman parte de las grandes obras de la historia de la música. Y el cristiano encuentra en ellas el nudo gordiano de su existencia, de su fe y de su esperanza, que no pueden ocultarse ni silenciarse tras las múltiples expresiones de alegría, comidas, regalos, convivencias y fiestas que secuestran la reflexión y el motivo que las genera.
El retorno de la Navidad siempre es el mismo y distinto. Distinto, porque vamos perdiendo amigos, familiares, conocidos…, y en la mesa, repleta de manjares suculentos, siempre hay una nube de ausencias que ensombrecen nuestros sensibles corazones, anegados en la nostalgia.
Publicado en IDEAL de Granada, el domingo 24 de Diciembre de 2017