Se ha hablado mucho de que los atardeceres o puestas de sol en Granada son los más bellos del mundo. Hecho que corroboró el presidente estadounidense Bill Clinton en su visita a Granada, el 7 de julio de 1997. Atardeceres que pueden disfrutarse desde diferentes puntos de la ciudad, según los expertos cartográficos en la materia: Mirador de S. Cristóbal, Mirador de S. Miguel Alto, Fuente del Avellano, Abadía del Sacromonte… Dicen que las auroras en estos parajes son también fuente de gozo indescriptible para los espíritus dispuestos a arrastrar su cuerpo desde el dulce calor de la cama.
Hace tiempo, cuando las arterias principales de Granada estaban surcadas por los raíles de los tranvías, y el asfalto no había enterrado aún los adoquines de sus calles, los provincianos, con las primeras luces del día, llegábamos a la ciudad en taxis piratas que se protegían en la oscuridad para esquivar los controles policiales. Una ciudad con poco tráfico, con menos gente, con vendedores de IDEAL y PATRIA en Puerta Real y limpiabotas a las puertas del Suizo. Calles limpias y regadas con el agua fresca de la sierra nos acogían con una sonrisa que sacudía el sueño que enturbiaba nuestros ojos.
Muchos domingos de este otoño perezoso salgo a la calle, al amanecer, buscando aquella postal refrescante de las calles granadinas. Y todo es frustración. En ningún lugar descubro las huellas del pasado. Los árboles van lentamente tiñendo sus hojas de amarillo, mientras se despojan del follaje para recibir las caricias del sol que les protejan del frío nocturno. El silencio envuelve la ciudad, que se repone de una semana de trabajo. Algunos bares comienzan a levantar trabajosamente sus persianas y a encender las cafeteras. En la panadería La Gracia de Dios expenden pan caliente y bollería los trabajadores, demacrados por la somnolencia y el polvo de la harina. Por las aceras serpentean, en lento goteo, parejas o grupos de chicas jóvenes que despiden la noche, saturadas de alcohol y cansancio, buscando el descanso restaurador, mientras comentan las últimas aventuras de la larga fiesta.
Clausurado el recinto del botellón, son numerosos los lugares en los que encontramos envases, papeles, bebidas derramadas y hojas secas que los trabajadores de Inagra comienzan a eliminar. Las máquinas de limpieza que vierten agua para limpiar el suelo con sus cepillos rotatorios, extienden los líquidos pastosos, dejando una película de pegamento que nos atrapa angustiosamente como a incómodos roedores.
En nuestro caminar sin rumbo, dejamos atrás a algunos de los cincuenta “sintecho” que, resistiéndose a pernoctar en los albergues sociales, se refugian en los portales de los bancos. No es raro encontrar en cuclillas, calzones a media pierna, a alguno que alivia su cuerpo junto a las paredes de San Jerónimo, mientras le aguarda un fiel compañero, con una botella medio vacía, en la Plaza Luis Portero.
En la escalinata de Santa Bárbara esperan la salida del sol los últimos guerrilleros de la noche. Un grupo numeroso de punks apura las reservas que le quedan antes de dispersarse.
Y en el bulevar de la Constitución los autobuses inician su jornada raudos y ligeros de equipaje. Mientras, las esculturas de nuestros genios (Lorca, Alarcón, La Canastera, Frascuelo, Martín Vivaldi…) contemplan impertérritas el paso del tiempo. En el banco de Pedro Antonio de Alarcón observo con un envoltorio del que sale un pie desnudo y bronceado. Pienso que La Canastera se ha desplazado buscando el calor del escritor. Al acercarme, detecto mi equivocación: es un “sintecho” que no se ha cobijado esta noche en una entidad bancaria, sino al ladito del saber.
Deprimido, vuelvo a la cuesta de Alhacaba y subo a la plaza de S. Nicolás, esperando un nuevo amanecer
(Publicado en IDEAL de Granada, el lunes 13 de Noviembre de 2017)