Semana de difuntos

 

Iniciamos una semana que invita a la reflexión. Con motivo de la celebración del día de los difuntos,  nuestra sociedad se moviliza con determinados ritos que sirven para exteriorizar el recuerdo de los seres queridos, cuyos restos descansan en los cementerios: limpieza y adecentamiento del recinto por parte del ayuntamiento, y visita familiar para depositar  flores junto a la tumba.

En la gran ciudad, la necrópolis es un laberinto en el que necesitamos  un mapa para alcanzar nuestra meta. Nos movemos entre desconocidos, entre seres anónimos. En el pueblo, nuestro recorrido se hace familiar: caminamos junto a tumbas de amigos y de vecinos que nos inundan de recuerdos, de vivencias, de anécdotas… Que nos refrescan el alzheimer, un  accidente, un infarto, la longevidad…

El tema de la muerte es consustancial al ser humano, aunque al filósofo Albiac no le preocupe, porque “en nada nos concierne: pues cuando yo estoy no está ella; cuando ella está, no estoy yo”. Para el cristianismo la muerte es una liberación en la que el alma  sale de la prisión terrenal, se libera del cuerpo para alcanzar la felicidad. Si bien la paradoja de Santa Teresa, “muero, porque no muero”, no es el sentir común de los creyentes en esos momentos transcendentes. Miguel Delibes desdramatiza desde otra perspectiva, en La sombra del ciprés es alargada, el fin de la vida: “Morir no es malo para el que muere (…); es tremendo para el que queda navegando por la estela que el otro trazó”. Esta visión, que parece evidente, es muy difícil de asumir por la madre que pierde a un hijo en la flor de la vida. Creyente, o no, vive eternamente con el corazón partido.

La literatura ha ejercido como notaria de la vivencia de la muerte a lo largo de la historia. Manrique recoge en Las coplas la  aterradora visión  medieval  de la vida, cuyas diferencias sociales y económicas se igualan con la muerte. En la mente de todos están las elegías de Lorca y Miguel Hernández, en las que el dolor por la pérdida de Mejías o Sijé se convierte en monumentales obras de arte.

Larra, en su artículo “Día de difuntos de 1836”,  nos describe a Madrid como un gran cementerio y esculpe algunos epitafios que podríamos colocar en el marco sociopolítico que estamos viviendo.

Por ejemplo, en la plaza de San Jaume, “Aquí yace la concordia”. Murió por un ataque de independentismo que dejó dividida a Cataluña en dos fracciones de difícil reconciliación.

En la Consejería de Economía: “Panteón de empresas deslocalizadas. Aquí yace la prosperidad de esta tierra. Tras larga y fructífera vida, la inseguridad jurídica emanada de las veleidades del des-gobierno de Puigdemont  asfixió el pulmón económico catalán.

Parlament: Aquí yace la verdad. Perdió la vida a manos del Govern y de los medios de comunicación de la Generalitat.

Y en el frontispicio del palacio de las Cortes, en la carrera de San Jerónimo,  luce un colosal epitafio: “AQUÍ YACE ESPAÑA. MURIÓ POR EL TUMOR DE LAS AUTONOMÍAS”. La España de los Reyes Católicos, de la unidad de lengua, ejército y religión, sufrió una  metástasis desintegradora   que afectó al sistema educativo, sanitario y a las fuerzas de seguridad del Estado, ante la inercia de los facultativos en el hemiciclo nacional. DÍA 27 DE OCTUBRE DE 2017: 15,26 HORAS.

Tal vez en estos momentos de confrontación, de sobrevaloración de sentimientos e identidades, en estos días de reflexión sobre la vida y la muerte, nos vendría bien recordar los versos de José Hierro en Cuaderno de Nueva York: “Después de nada, o después de todo / supe que todo no era más que nada”. Y pasar del  Hallowen esperpéntico a la España racional, constitucional.

Publicado en IDEAL de Granada, el lunes 30 de Octubre de 2017

 

 

 

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