En la primavera de 2016, el joven novelista y periodista madrileño, Sergio del Molino, publicaba un excelente libro de ensayo, titilado “La España vacía”. Libro que, tras leerlo, me regaló mi hijo “para que disfrutara en su lectura como él había disfrutado”. La obra ofrece una panorámica extraordinaria de la España urbana, europea, y de la España interior, despoblada, que ha sido escenario de literatura, cine, y hasta preocupación de los políticos en las campañas electorales. Es sorprendente la calidad y exquisitez de su literatura, y resulta impresionante la documentación aportada: 227 citas, en muchas de las cuales amplía información del autor o de la obra. Con antropólogos, sociólogos, novelistas clásicos o actuales, cineastas, filósofos… nos hace viajar por la España vacía, que no es otra cosa que “un frasco de las esencias”, que “aunque esté vacío, conserva perfumes, porque se ha cerrado muy bien”. Del Molino no busca soluciones a la “España vacía, vacía sin remedio, imposible ya de llenar” y que “se reinventa y se expresa través de los nietos y bisnietos de quienes la habitaron y fueron arrancados de sus solares”.
En torno a este tema el XLSemanal 1555, de Agosto, nos ofrecía un reportaje de Sarnago, pueblo de las tierras Altas de Soria, que está deshabitado desde hace cuarenta años, pero en verano vuelven unas cien personas a las que la ciudad todavía no ha extirpado los sentimientos de la tribu, y proclaman con orgullo: “no queremos ser la generación que enterró los sentimientos de nuestros abuelos”.
Centrándonos en nuestra Provincia, Antonio Sánchez, en el IDEAL del 13 de agosto, bajo el título “Treinta pueblos en riesgo de despoblación”, nos mostraba la crudeza del tema en nuestras propias carnes. Alpujarra, la comarca de los Montes y parte de la zona norte han sufrido una emigración del 70% en los últimos setenta años. Evidentemente, frenar la sangría es fácil, porque ya no queda sangre. Lo difícil es devolver vida, juventud y trabajo a territorios desiertos. Los fondos FEDER no lo han conseguido; y tampoco el PER. Los políticos han ido, a cambio de votos, dotando a los pueblos de médico, farmacia, Casa de la Cultura, polideportivo…, para alivio de la tercera edad y de los pocos niños que esperan para emprender el vuelo.
Ahora se pide la mejora de las comunicaciones, de la sanidad, el no cierre de colegios, acceso a las nuevas tecnologías, mantenimiento de las entidades bancarias y ayudas al empleo. Incluso repoblar con inmigrantes. Pero hay que estudiar cada zona y cada pueblo en su singularidad: agrícola y ganadera, histórica, gastronomía, turística… De forma que las ayudas sean el principio del emprendimiento; no una limosna para el sustento temporal, como pasa en la actualidad. “Ni romanos ni árabes creyeron que el campo fuera otra cosa que el lugar que abastecía a la ciudad (…). El campo no era parte de la civilización”, escribe Del Molino. Con esta óptica es con la que hay que romper. Resucitar en los pueblos su pasado agrario, arquitectónico, histórico, artesano, culinario… para el turismo, y modernizar, con el uso de las nuevas tecnologías, todo aquello que sea susceptible de aggiornamento: cultivos, cuido y recolección, comercialización, como estamos viendo en toda la gama de productos hortícolas y subtropicales en la costa andaluza. O del olivar en el interior.
La formación profesional y universitaria no son impedimento para permanecer o afincarse en el mundo rural, sino todo lo contrario. En él hay un sustrato cultural e histórico rico y necesitado de emprendedores, de mentes ilustradas y de manos artesanas que lo conserven, interpreten y ofrezcan a la sociedad. Estos pueblos no están ya aislados, sino abiertos al mundo mundial, como la ciudad, a través de las redes.
Publicado en IDEAL de Granada, el lunes 18 de Septiembre de 2017