Vivimos en una sociedad que proclama, desde la Revolución francesa, la libertad de los ciudadanos: libertad, igualdad, fraternidad… La Constitución española, en su art. 1.1., “propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”. Valores sometidos siempre a debate, porque el cumplimiento de los mismos es un objetivo, un desiderátum, que nunca alcanza su plena realización
Aunque luchamos por la libertad, ésta es cuestionada desde distintos campos. Según el lingüista norteamericano E. Sapir, “vemos, oímos y realizamos nuestras experiencias de acuerdo con las costumbres lingüísticas de nuestra comunidad, que nos ofrecen determinadas interpretaciones”. De ahí que los independentistas secuestren a los ciudadanos con la propia lengua en la enseñanza, administración y medios de comunicación. Y, para el behaviorismo o conductismo, escuela psicológica creada por Watson, nuestro comportamiento está sometido al estímulo que más fuerza ejerce sobre nuestras necesidades o intereses.
El Estado controla también gran parte de nuestra supuesta libertad: los movimientos de nuestra economía, de nuestra modesta economía, gravando todos los ingresos, los gastos y los bienes. El Estado es el Dios todopoderoso que Máximo representaba en sus viñetas con un triángulo y un ojo, y que tiene acceso a todas nuestras comunicaciones, vida laboral, social… Y socialmente no somos más que diminutos puntillos, representados también por Máximo, junto a la inmensa y pétrea pirámide de las Administraciones. Vivimos, pues, en un mundo globalizado, convulso y confuso, que dificulta la garantía de los derechos fundamentales de las personas: trabajo, vivienda, pensiones, seguridad…
Centrándonos en la seguridad, vemos cómo la violencia de variado origen campa por doquier: violencia de género, violencia escolar, violencia por robo, por ajuste de cuentas, violencia terrorista…. Cuando mueren, casi a diario, decenas de personas por atentados en Siria, Libia, Afganistán…, la distancia amortigua la rabia, el dolor y la indignación. No hay minutos de silencio a las puertas de los edificios oficiales, ni en festivales de cine, ni condenas de los gobiernos, ni programas especiales de televisión para dar cobertura al crimen. Cuando los cuerpos saltan descuartizados en París, Londres o Manchester, nuestros sentimientos se funden, nuestras lágrimas se deslizan por las mejillas y nuestros corazones estallan de dolor. En nuestra mente se desata una batería de interrogantes, a los que no encontramos respuestas satisfactorias.
Cuando hemos sufrido controles exhaustivos en aeropuertos, nos hemos sentido molestos, porque parece que ponen en duda nuestra honorabilidad. A la entrada a los organismos oficiales o recintos deportivos nos fastidian los controles. Pero, ante la reiteración de la barbarie terrorista, llegamos a considerar positivas las incomodidades que garantizan nuestra seguridad. De igual modo hemos aceptado, por seguridad, cámaras en nuestros portales, en bancos, en calles…
Esta situación generalizada de inseguridad física, económica y social es la que genera reacciones integristas o populismos hacia la derecha en Inglaterra, Austria, Francia, Alemania… Lo que provoca un debate, cada vez más preocupante entre libertad y seguridad. Sobre todo, al contemplar las recientes imágenes del Manchester Arena. La reiterada actuación de terroristas descerebrados está incentivando el miedo a participar en concentraciones lúdicas o festivas; y llevando a controlar la asistencia a la final Cardiff, antes de partir de casa.
Esta dialéctica entre libertad y seguridad tiene difícil solución, porque se debate entre múltiples vaivenes en la sociedad actual. No cabe duda de que debemos ser conscientes de nuestras limitaciones y de que sólo trabajando solidariamente podremos alcanzar el equilibrio necesario entre libertad seguridad. Solución que nunca se conseguirá con la supresión de las Fuerzas Armadas, como pretende Podemos, tratando de boicotear, además, la celebración de su festividad en Guadalajara. Ellos, que ocupan plazas y calles, y se “arman de otras fuerzas” de dudosa legalidad para conseguir sus objetivos.
(Publicado en IDEAL de Granada, el Martes 30 de Mayo de 2017)