El año 2014, con motivo del tricentenario de la derrota de Cataluña, alineada con el bando austriaco, en la Guerra de Sucesión española, se publicaron, entre otros, dos excelentes libros que analizan el conflicto de esta región con el Estado español.
El primero, España y Cataluña. Historia de una pasión, del hispanista Henry Kame, desmonta con pruebas históricas todas las teorías que, de forma torticera, se han esgrimido, para fundamentar la nacionalidad de Cataluña, desde la resistencia de Barcelona, el 11 de septiembre de 1714, al asedio de las tropas dirigidas por el duque de Berwick. “Cataluña ha sido inadecuadamente estudiada por los historiadores, y sistemáticamente distorsionada por ideólogos, políticos y periodistas que, con mucha frecuencia, basan sus discursos en información poco fiable”, escribe.
El segundo, Los 10 mitos del nacionalismo catalán, de Joaquín Leguina, aborda todas las falacias que históricamente se han utilizado para crear una conciencia de pueblo sometido por la política, la economía, la cultura y la lengua española. Y analiza todas las artimañas que los dirigentes catalanes han utilizado hasta llegar a la antesala de la “desconexión”. En los años noventa, el entonces “honorable” Pujol, profeso de la Congregación Ferrusola, diseñó como campo de misión el control de los medios de comunicación, la educación, la Universidad, la lengua, la administración, así como las comisiones del 3% para su “abadía”. Leguina se muestra pesimista, tanto para aplicar la Constitución, suspendiendo la Autonomía, como con las soluciones de su propio partido, PSOE: reforma de la Constitución para crear un Estado Federal o una nación de naciones. “Cuando la flecha está en el arco, tiene que partir. Pues esperemos a ver a qué blanco va a parar la dichosa flecha” –apostilla.
Y, por último, “de mi estante en un sitio apartado, esperando la ansiada ruptura/ encuéntrase un libro”: “Nacionalismos”, de Rubert de Ventós, Catedrático de Estética de la Escuela de Arquitectura de Barcelona, que ha sido miembro de las Cortes y del Parlamento europeo. Publicado en 1994, hace un recorrido histórico y filosófico de los nacionalismos, desde Grecia y Roma hasta la desmembración de la URSS y Yugoslavia, para defender la independencia catalana. Soportes ideológicos como éste, asumidos por los sucesivos gobiernos, han alimentado el germen del independentismo radical, rufianesco. Respecto al referéndum, cita a Tolstoi: “la solución en uno u otro sentido sólo cabe esperarla de la gente misma, si tiene la ocasión de expresarse. Ya que, en cualquier caso, no cabe hacer el bien a un hombre o a un pueblo a quien amordazamos para no oír lo que desea”.
Si disponen de mayoría parlamentaria, Policía (Ejército no necesitan, son pacifistas), y de todas las instituciones de un Estado, al que unirán el 1 de Julio el Programa informático de Hacienda, Espriu, con los datos, que ya poseen, de todos los contribuyentes, sólo cabe esperar el día y la hora que ellos consideren óptimos para firmar la “ley de la desconexión”. ¿Qué hacer? Si militarmente no se puede intervenir, ni es viable asumir todas las competencias que ellos ejercen, sólo caben brindis al sol, como el reciente de Íñigo Méndez de Vigo: “Quiero hacer un llamamiento a cumplir el Estado de Derecho. Si no, estaríamos en la jungla”.
Las consecuencias, para todos son previsibles. Pero, como dice Rubert de Ventós, citando a Koestler, cuando el hombre se identifica con un sistema de creencias “es indiferente a la razón, indiferente a su interés personal, e incluso a la propia necesidad de supervivencia”. Por lo que son imparables. El tren de la Independencia catalana no tiene marcha atrás, y el Gobierno no puede aplicar la legalidad vigente, porque carece de apoyos parlamentarios para ello, y surtiría efectos peores que la pasividad que ofrece.
(Publicado en IDEAL de Granada, el domingo 14 deMayo de 2017)