Con este título llegaba a las librerías francesas, el mismo día del atentado de Charlie Hebdo, la obra del escritor francés Michel Houellebecq. En España la publicaba Anagrama en mayo de 2015. La novela desarrolla una doble trama: la vida de un profesor universitario hastiado de la docencia y del sexo, y la convulsa vida política francesa, en la que, tras la segunda vuelta de las elecciones de 2022, los socialistas franceses entregan el Gobierno a Mohammed Ben Abbes, líder de una formación islámica, para impedir el triunfo de la candidata del Frente Nacional.
Esta polémica novela de política ficción, tildada de islamofobia y de dar alas a la extrema derecha, la tengo como “libro de cabecera” desde hace más de un año, en que los sucesos de Charlie Hebdo, los atentados de París, la insensata masacre de Niza, han conmocionado a Francia, a Europa y al mundo. El autor muestra cómo la complacencia de los franceses ha ido cediendo el poder al islam, que ha terminado por imponer su cultura, sus valores y su visión del mundo en la educación, la economía y la política, creando una Francia irreconocible. El triunfo de la Hermandad Musulmana, partido de Abbes, que acaba disolviendo la cultura francesa, está basado en un camuflaje de moderación, y se asienta en los pilares de la demografía y la educación. Y quedan, pues, sometidas las conquistas de la Ilustración y de la Revolución francesa.
En Francia los musulmanes constituyen el 7,6% de la población, y en Bélgica, cuna del yihadismo europeo, el 6%. Está constatado que la civilización más receptiva del mundo, la francesa, no ha sabido integrar, después de dos generaciones, a estos ciudadanos, que traen de cabeza a las autoridades y a la población gala, incapaz de controlar el terrorismo que nace del sector más integrista, así como las oleadas de disturbios que promueven reiteradamente en los suburbios de las grandes ciudades.
La primera consecuencia de este fenómeno la vemos plasmada en el repliegue de parte de la sociedad europea en defensa de su espacio físico, de sus valores, de su seguridad, frente a la amenaza que pueden representar la inmigración y la globalización. Lo estamos viendo en Francia con el Frente Nacional, en Austria con el FPÖ, en el UKIP del Reino Unido, y el triunfo del Brexit; en Alternativa para Alemania (AfD), Amanecer Dorado en Grecia, Liga Norte en Italia… Corriente de pensamiento que gana terreno y que está integrada por personas de todo el espectro social. Frente a ella encontramos a los defensores de una Europa sin fronteras, con libre circulación y asentamiento de inmigrantes; una Europa de acogida a todos los ciudadanos del mundo, con los mismos derechos sanitarios, educativos y laborales de los que disfrutan los nacionales.
No cabe duda de que Europa necesita mano de obra extranjera: temporal y permanente, en la industria y en el campo. Lo vemos en España, como ya sucedió en Francia, donde muchos trabajadores del campo son extranjeros, así como parte del servicio doméstico, o de la atención a la tercera edad. Europa debe aumentar la natalidad, ante el envejecimiento de su población. Pero los jóvenes no están por la labor: por distintas circunstancias el ejercicio de la maternidad se va retardando cada vez más. Lo que hace imprescindible la población extranjera. Pero no podemos asumir un aluvión incontrolado de personas, porque desestabilizarían la sociedad del bienestar, de la que nadie está dispuesto a prescindir, y porque no es fácil una integración de las mismas en nuestra cultura y en nuestros valores, como puede verse en Francia o en Bélgica, dos de los puntos más neurálgicos del panorama actual. Queda, por tanto, mucho por hacer. Y urgente.
(Publicado en IDEAL de Granada, el 27 de Julio de 2016)