Jubilados

El mes de junio ha estado surcado por una serie de acontecimientos que han oscurecido la esencia del mismo: fin de un semestre que abre sus puertas el período estival de vacaciones. Tensiones de la campaña electoral, atentados del radicalismo islámico, campeonato europeo de fútbol, el “Brexit”… han desviado nuestra atención de realidades más próximas y menos transcendentes: el fin de carrera para muchos estudiantes; acceso a la Universidad de miles de jóvenes; la jubilación de muchos profesores que vivieron por y para la educación.

Centrándonos en este último colectivo, el término “iubilatio” significa gozo, alegría. Durante muchos años hemos tenido la suerte de hacer la “loa”, el reconocimiento, a compañeros que abandonaban el magisterio público. Sus rostros reflejaban satisfacción por la misión cumplida y una cierta añoranza por todo lo que dejaban atrás. La complejidad que encierra hoy la labor docente, está desterrando el sentimiento de añoranza e inclinando la balanza por la solicitud masiva de la jubilación anticipada.

Siempre he echado de menos en  estas despedidas la participación de padres y de alumnos. Hecho que puede estar motivado por la evidencia de que, a lo largo de la Enseñanza Media, materias troncales como Matemáticas, Lengua o Sociales son impartidas a un mismo alumno por distintos profesores del Departamento. Lo que transmite valoraciones muy distintas de los mismos, y deteriora, según  los resultados, la imagen del profesor. Algo parecido acontece en Primaria, aunque con otras variables.

Los que bebimos en las fuentes cristalinas de la Enciclopedia Álvarez, y superamos las pruebas de Ingreso y las Reválidas en Instituto Padre Suárez, llevamos tatuada en nuestro espíritu la figura del “magister”, el jefe, el conductor, el modelo que marcó nuestras vidas con su personalidad, con  su consejo, con su dureza o su amabilidad.

A los cinco años, D. Manuel Medina, maestro  que lo había sido de mi padre, abrió las puertas de mi mente a la lectura y a los números. El aula, que concentraba chicos de cinco a quince años, era pintoresca: bigas y cañizo bajo el tejado; nidos de gorriones; bancas de tres o cuatro alumnos; libros, varas y tinteros vacíos en la mesa del maestro.

Cuando rebasaba la frontera de la escolarización, con una firme oposición  a abandonar el terruño para estudiar, apareció un jovencísimo maestro de dieciocho años, con aspecto escandinavo, rubio y ojos azules, aparentemente tímido, dialogante, que acabó con la violencia, asumida y posiblemente necesaria, en el aula. D. José Florentino Martín Velázquez inició su larga y brillante labor docente en circunstancias deplorables, según me contaba recientemente, tomando un café. Se alojaba en una casa particular. No había agua corriente en las casas. Los servicios estaban en el campo, entre las cañas. El sueldo sólo le daba  para comer, en la única taberna que abría todo el día. Pero, D. Florentino, que residía en la calle Verónica de la Virgen, de Granada, supo ganarse a chicos y grandes, y soportar con talante espartano un año de destierro, para trasladarse a otro lugar cercano, con mejores condiciones  de habitabilidad y la posibilidad de clases particulares para subsistir.

Una tarde de primavera, a las cinco, al término del horario escolar, se sentó sobre una banca y me puso a su lado. Allí me convenció para que me fuese a estudiar. No sé si fue su primer triunfo. Lo que sí sé es que a él le debo lo que soy.  Es una parte de mi ser. Su labor, concluida en Granada,  ha sido extraordinaria. Lo comprobé hace años en su jubilación, a la que me invitó. GRACIAS, MAESTRO. De mi parte y de todos lo que hemos sido tus alumnos.

Publicado en IDEAL de Granada, el 3 de Julio de 2016

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