La ética, tomando la etimología griega, es la tarea que nos ocupa en la construcción del edificio humano (“ethos”), en la realización de la persona. Trabajo que comporta una dimensión individual y una dimensión social, pues el individuo nace, vive y muere en sociedad. Como escribió Aranguren, “la ética, como la vida, es a la vez, individual y social y se la empobrece y falsea al amputarle una u otra de ambas dimensiones”.
A través de la historia, la ética ha ofrecido distintos marcos o diseños, en función del modelo de persona que las religiones, la sociedad o la filosofía tenían tanto del hombre como de la mujer. Baste recordar a Sócrates, Aristóteles, la Iglesia Católica, el Islam, la Ilustración, el marxismo o los trabajos de campo con los nativos de la Melanesia que nos ofrece Malinowski.
La formación ética o moralización de la sociedad occidental ha estado fundamentalmente en manos del cristianismo, en su doble vertiente, católica o protestante, hasta que, tras la Ilustración, son la sociedad civil y el Estado quienes van asumiendo las funciones que antes realizaba la ética teocrática. Pero en España el Estado ha sido incapaz de establecer un modelo ético que dinamice el comportamiento de las personas en aras de una mejora personal y social. El instrumento que el Estado posee para moralizar a la sociedad es el Derecho, las leyes. Y éstas no han sido interiorizadas por los ciudadanos, como lo fueron los mandamientos de las religiones. Y no sólo esto, sino que escasean las personas que puedan servir de modelo en el cumplimiento de las normas, sobre todo en las instituciones. Todos estamos dispuestos a exigir nuestros derechos en cualquier momento, pero somos más rápidos a la hora de eludir nuestros deberes y responsabilidades.
La inmoralidad que rezuman las instituciones y muchos personajes públicos en el amplio espectro político, económico, social y cultural sirve de catarsis a una sociedad falta de introspección y con sobredosis de miopía para no ver la corrupción que campa a todos los niveles. Porque la memoria, según Freud, es selectiva. Desplaza al subconsciente todo lo que le produce dolor, le crea incomodidad. Cuando viajan semanalmente al Parlamento Autonómico cuatro diputados en un solo coche, ¿cuántos kilometrajes cobran? Cuando se forma un tribunal para una plaza en la Universidad, ¿está dada de antemano o no? ¿Existe en ella el nepotismo? Cuando se forma parte de los tribunales de oposiciones para la Administración, ¿cuántos recomendados lleva cada miembro en su cartera? ¿Copiar en un examen no es corrupción? Inscribirse y cobrar el “paro” quienes tienen trabajo no declarado, ¿cómo se califica? Recibir ayuda domiciliaria quienes han escriturado todas sus posesiones a nombre de los herederos solventes, ¿no es una inmoralidad? Mi amiga Annette, danesa afincada en un pueblo del cinturón granadino, ha sufrido lo suyo para que le cobren el IVA en las múltiples reparaciones de su chalet. Y lo ha conseguido. Por lo que no hay que buscar la corrupción sólo en las altas esferas. Bécquer, en la rima XXI, dice “¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? / Poesía… eres tú”. Tal vez, si preguntáramos quién es corrupto, nos resonara la voz de Bécquer: ¿Y tú me lo preguntas…?
No se trata de reavivar la “conciencia desgraciada” del luteranismo, en expresión de Hegel, sino de reflexionar para intentar salir de la crisis ética en la que estamos sumidos. La clase política ha demostrado ya ser incapaz de liderar un proyecto aceptable de regeneración, que debe empezar por ella misma. Tampoco a los intelectuales de los distintos sectores se les ve con el carisma para arrastrar a esta sociedad a la regeneración. ¿Qué cabe esperar? ¿Qué podemos hacer?
(Publicado en IDEAL de Granada el 24 de Abril de 2016)