El borracho

 

En el duro suelo, enfundado en una gabardina cochambrosa, botones desabrochados, una botella vacía al lado, con barba de seis semanas y la gorra en el bolsillo, yaces borracho. Intentos impotentes para levantarte desploman reiteradamente tu cuerpo sobre el cemento. Mujeres que cambian de acera, niños que ríen al verte, perros que huelen tu ropa…

A tu alrededor, edificios y árboles giran y giran, suben y bajan, zarandeados por la fuerza de tu alcohol. Una procesión interminable de muñecos y marionetas poblamos tu calle serpenteante. Tu imagen nos inspira pena, compasión, temor, indiferencia, asco… ¡Qué sé yo! Pero cada cual sigue su paso…

Bajo tu alcohol, aletargadas, tienes tus penas: la madre que no te quiso, porque no era tu madre; el cariño que a tu padre le robaron los hermanastros; el trabajo que perdiste, porque no eras de los suyos; la mujer que no te amaba, que no llegó a comprenderte… Borracho, siempre borracho: por la noche y por el día, por la calle y por el campo…

Los perros son tus amigos, tus amigos vagabundos. Ellos comparten tu pan, las estrellas de tu cielo, la soledad de tus noches, el frío de tus inviernos, el calor de tus veranos, y el agrio olor a vino que transpira todo tu ser.

1984

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