Competencia en la enseñanza

Hemos oído y leído los “parabienes” que han recibido los niños de “Master Chef junior”. Concurso que tuvo su competida, emotiva y brillante final la Noche de Reyes en Televisión Española. Es muy posible que ninguno de los concursantes consiga las estrellas Michelín, que les auguraban los miembros del Jurado, porque, a esa edad, la cocina es sólo una de las múltiples puertas que les abre el futuro. Mario Palacios, el brillante ganador, ya lo expresaba en la entrevista de Y. Veiga, publicada en Ideal: no sabía qué orientación formativa tomaría, pero, posiblemente, la de una ingeniería.
Hay muchos aspectos positivos que podemos destacar en la epifanía de estos niños-cocineros en televisión. Pero quiero centrarme en la competitividad. El ser humano desarrolla su personalidad en una dialéctica de imitación-rechazo, de ser como el otro y ser él mismo. La legítima y sana competencia está en la base de la construcción del yo. Esta afirmación de la persona, que Adler llamaba “voluntad de poder”, arranca alrededor de los tres años, y se caracteriza por la desobediencia constante y por la negación de todo. Es la etapa del “no”. La competitividad sirve para la integración del individuo en la sociedad, aunque puede producir desequilibrios psicológicos, si no se lleva adecuadamente. Pueden aparecer los complejos de inferioridad o los complejos de superioridad.
La competencia se da en todas las etapas de la vida y en todos los estratos sociales. Entre hermanos, en la familia, en los juegos, en el trabajo, en el deporte… Pero las mentes iluminadas que han diseñado, en las últimas décadas, la enseñanza Primaria, Secundaria y Bachillerato, la han hecho desaparecer de la misma. Hubo una época en la que, en el colegio, con la lectura pública de las notas, nos daban la clasificación que cada uno tenía en la Clase. Lo que motivaba en el trabajo y estudio para escalar puestos en el ranking. La pedagogía y psicología actual parece que desaconsejan estas prácticas para evitar afrentas a los menos trabajadores y a los menos capacitados. Cuando en todas las aulas hay lucha por otras muchas cosas banales: por la marca de las zapatillas o de las prendas de vestir, por los móviles…
En el Master Chef junior hemos visto cómo la competencia era durísima, desoladora, porque llevaba pareja la eliminación; pero, a la vez, sana, amistosa y educativa. Los niños lloraban desconsoladamente cuando tenían que abandonar el concurso, pero eran abrazados y animados por los compañeros y compañeras supervivientes en el mismo. La decisión del Jurado, por boca de su portavoz, Pepe Rodríguez, se pronunciaba con la severidad de una sentencia judicial, a la hora de dictaminar a los descartados, pero les explicaban con dulzura los errores cometidos y ponían de relieve las cualidades mostradas durante las pruebas, a la vez que les auguraban éxitos en el futuro personal y profesional, en torno a los fogones. Los mismos niños reconocían con franqueza los errores cometidos, las artimañas empleadas para subsanar los fallos, así como los aciertos de sus competidores. ¡Noble competición!
Si en el sistema educativo se siguieran unas técnicas similares, seguramente veríamos otros resultados. Pues la competencia es fundamental en el deporte, en el trabajo, en la imagen personal. Y, por supuesto en la enseñanza (no digo educación, que es un concepto más amplio), donde hay que hacer subir al “pódium” a los mejores, reconociendo los resultados de su trabajo y de su capacidad, pero sin menospreciar a nadie, sino mostrando el camino a seguir para poder estar en la élite de los mejores.

Publicado en IDEAL de GRANADA  (El lunes 20 de Enero de 2014)

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