Querido hermano:
Hace once meses que nos dejaste. No sé cómo te irá por esa otra vida. Ni si tendrás noticias de nosotros. Te mandaría un correo. Pero no sé si en el Cielo hay Internet. Me figuro que ahí no han llegado las nuevas tecnologías. Pues con ellas Dios haría maravillas. Controlaría el tiempo, la sequía, los huracanes, el hambre, la violencia, las enfermedades como la que tú sufriste… Y no hace nada. Por eso quiero iniciar hoy la correspondencia postal contigo. No la voy a confiar a ninguna empresa de mensajería, ni al servicio estatal de Correos. Iré yo personalmente a llevarte esta carta al Cementerio del Cerrillo del Venero, donde reposas compartiendo habitáculo con papá, Manolo y Olga, y al lado de los abuelitos Miguel y Josefa.
Te diré, en primer lugar, que todos estamos bien. Delia está hecha una campeona. Lo lleva todo adelante, y hasta se ha convertido en una experta en mantenimiento de piscinas. ¡Con los quebraderos de cabeza que te dio cuando intentabas darle la alternativa! Ha arreglado la bajada a la depuradora y ha aprendido el manejo de las llaves. Pero no evita el pánico a la salamanquesa que allí mora. La piscina sigue perdiendo veinte centímetros de agua. Es de los skimmers. Intentaremos arreglarlo.
El día 28 de Septiembre celebramos el cumpleaños de Delia. Bueno, y tu Santo. Todos te teníamos en el corazón. Pero todos callamos el dolor de tu ausencia. Estaba mamá, que le costaba volver a la casa que tanto te costó construir, porque creía que no iba a soportar el dolor de tu partida. Estaban tu hijo Miguel con Pilar y con tus compañeros de grada en Gol Televisión durante los dos últimos años: Miguel y Álvaro. Tu hija Delia con Alejandro, que está ya muy mayorcito, y guapo, como siempre. ¡Ah, y Helena! La nieta que no has podido conocer, porque te fuiste muy pronto, o porque vino tarde. ¡Está muy mona! Y ya llora menos. Allí estaban también tu María del Mar, y tu cuñada Cloti. Estuvimos a gusto. Y le dimos ánimo a Delia. Nos trató muy bien. Comimos y bebimos en la terraza, junto a la piscina. Nos sacó vino del que tú comprabas. Y tu hija Delia trajo de Granada una tarta riquísima, hecha por ella. Al fondo estaba el mar. Tranquilo y azul. Entre nosotros, un gran vacío.
Los chirimoyos los alquilé a una persona de Ítrabo. Era la que más pagaba. Es podador. Los mantiene muy bien. Ya ha pagado. El mismo día del cumpleaños de Delia. Le di el dinero y se puso muy contenta. Regamos juntos. A veces no viene, y me encargo yo de meter el agua. Cuido las plantas que tú sembraste para tus hijos: el naranjo, el limonero, los cerezos y el mango. Están bastante bien. Ellos no saben con qué ilusión las compraste y me mandaste sembrarlas. Ni dónde están. Ni que existen. Pero lo sabemos tú y yo. Y, cuando den fruto, yo se lo llevaré y les diré: esto de parte de vuestro padre. Cumpliré tu deseo. Las parras moscateles las cambié de sitio. Las trasplanté, por consejo del arrendatario, que de eso entiende, junto a los cerezos, donde hay más sol y ventilación. Por eso no han echado fruto.
Hace algún tiempo que no te llevo flores. No te enfades. Estoy muy ocupado. Tú sabes que paso dos o tres veces en semana por la puerta del Cementerio. Siempre te envío un beso. Hace unos días iba con tu madre, tu sobrino Miguel y su novia Helena, y con tu cuñada Cloti. Pasábamos junto al Cementerio. Me desvié, y paré en la puerta, para hacerte una visita de familia. Mamá se descompuso. Y tuve que seguir. Lo siento.
Bueno, ya es tarde. O temprano. La una del día 15. Día de Santa Teresa.
Un abrazo. Pepe.
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