Corrían los años cincuenta. El otoño maduraba los cañizales de la Costa granadina regados por el Guadalfeo. El principal medio de transporte era la caballería y la bicicleta. Una mañana zarandeada por el viento, mi pueblo, de unos trescientos habitantes, a la margen derecha del río, se despertó con un amplio despliegue de guardias civiles: un jeep, varios números a caballo, y otros a pie. Tricornios, rifles al hombro…., y pesquisas incansables por corrales, barrancos, cuevas…. No había helicópteros que radiografiaran el suelo desde el pódium celeste. Ni perros, como el galardonado Ajax, que rastrearan los cerrados cañizales en busca de la presa. Un sujeto había asestado nueve puñaladas a su esposa. Infidelidades, celos… No existía el 016, ni ningún otro teléfono en la localidad. Había miedo en las casas, en las calles, en el aire. Miedo al agresor. Miedo a la benemérita. Niños y mayores mirábamos desde lejos. Se hablaba en voz baja. Se contaban historias. Se recordaban los romances de ciegos que, de vez en cuando, cantaban por las calles y vendía a peseta, impresos en una hoja. Al tercer día el agresor se entregó. Cumplió su pena de cárcel y regresó, ya mayor. Seguía infundiendo miedo. Era un ejemplo a no seguir.
Muchos años después, el pasado día del Corpus, por la mañana, recibía una llamada al móvil, en el mismo lugar de los acontecimientos narrados. Benjamín, ciudadano de un pueblo El Valle de Lecrín, se había ahorcado tras asesinar a su expareja en Alcalá la Real. Ese día, que “brillaba más que el sol”, se entenebreció, como primer el Viernes Santo, en mi espíritu. Un injustificable asesinato machista más: el de Dolores Extremera. Una vida autosegada: la de Benjamín. Y dos vidas, entre otras, sepultadas bajo el negro manto de la muerte y la vergüenza: las de los padres del asesino y suicida. Unos padres honestos, que han educado a sus hijos con rectitud y severidad, y que viven ya el insoportable sino de la tragedia clásica…
Y suma y sigue. Maestro Shaolín, congelador de Zaragoza con una mujer descuartizada, Jerez… Y, como consecuencia, declaraciones y declaraciones de Delegadas del Gobierno, de la Ministra de Sanidad, de la Sra. Valenciano… Normas y más normas. Manifestaciones a la puerta de los Ayuntamientos. Medidas de protección, ayudas, recortes a las ayudas… Pero la violencia no se ataja. No. La violencia está instalada en la naturaleza de nuestro ser. Con ella defendemos un espacio, nos aseguramos el alimento y protegemos las relaciones sexuales. Como cualquier animal. La violencia está en la sociedad, en la política, en las tertulias de los medios de información. La violencia se manifiesta en la mayoría de las manifestaciones, en muchos de los espectáculos deportivos… La violencia forma parte de muchos programas de televisión, del cine, de los juegos virtuales… La violencia no solamente es física. Para el ser humano es, sobre todo, psicológica, social…
Las leyes positivas son instrumentos para combatir la violencia. Pero lo fundamental es suprimir la violencia estructural: económica, social, institucional. Y educar. Educar desde pequeños, desde la familia, desde la escuela. Como dice Platón en las Leyes, “quien quiere ser excelente en algo, lo que sea, debe aplicarse a ello desde la infancia, encontrando a la vez la diversión y la ocupación en cuanto haga a ese fin”.
La sociedad nos autoriza ser dueños de algunas cosas. Cada vez menos. Pero jamás debemos poseer a las personas. Con ellas compartimos propiedades, afecto, proyectos…, mientras haya acuerdo mutuo. Si no, cada cual debe seguir su proyecto Y en esta línea, marcada por la praxis, que crea los hábitos, es donde hay que edificar la moral de nuestros niños, de nuestros jóvenes, de nuestra sociedad, para erradicar la violencia machista y cualquier otro tipo de violencia.
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