Durante muchos años vengo cuestionándome, ante la noticia de una violación, qué vivencias experimentarán el violador y la violada. Y, la verdad, sobre el violador no encuentro parámetros en la psicología humana. El ser que es capaz de violentar a una mujer para satisfacer sus instintos sexuales, y es capaz de consumar el acto sexual, está muy lejos de los propios animales, que realizan sus rituales antes de copular. Y a la violada la imagino como una persona insegura, atormentada, atenazada por el miedo, con sobresaltos en el sueño, desposeída de su intimidad; una persona que ve un violador en cada hombre que se le acerca física o mentalmente; una persona destrozada psicológicamente.
Cuando, en estos momentos de impunidad, vuelves a tu segunda vivienda y te topas con la reja de una ventana arrancada y tirada sobre la terraza, se te caen por tierra todos los esquemas. Y cuando das unos pasos y abres la puerta, te hundes en la desolación. En una noche de fin de semana un tsunami de delincuencia ha expandido por los suelos todas las prendas y objetos de armarios y cajones. ¡Es imposible dar un paso! ¡Salón, dormitorios, cuartos de baño, cocina…! Sólo los libros están sin tocar: Pro Milone de Cicerón, Diccionario Inglés, Poesía latina de Horacio, Lorca, Colección de Premios Nobel, La República de Aristóteles, Poesía de Hierro… ¡Es gente con mucho respeto a la cultura!
¡Te sientes forastero en tu propia casa! Tu morada, fruto de tu trabajo en vacaciones y fines de semana; fruto de tus ahorros, privándote de lujos, de viajes, de hobbies…; fruto de tu sudor, amasando hormigón y acercando ladrillos al albañil: ha sido violada. Has perdido tu privacidad. Y duermes, hasta que venga la policía judicial, sin mover nada, como vagabundo en la Cañada Real: en tierra de nadie, y rodeado de trapos y objetos desordenados, abandonados por los que pudieron ser sus dueños. Tu casa ya no es tu casa: la sientes como de seres invisibles que tienen rostro, y pies, y manos, y motos con las que pasan por tu puerta a diario para controlarte. Y tienen nombre, y apellidos… Y sabes quiénes son… Los que se comen los chotos robados a mil metros de tu casa, en sus fiestas campestres… Pero tienes que pillarlos con las manos en la masa… Cosa imposible, porque estás controlado.
Y piensas en los políticos que pasan los días insultándose, llamándose unos a otros sinvergüenzas, ladrones… En Nóos, en Gürtel, en Lanzas, en Guerra… Y sin solucionar nada: ni lo gordo, que afecta a todos, ni lo pequeño, que nos afecta a muchos. Y piensas que te roban por arriba y por abajo. Y que da igual que tengas Seguro, que pongas alarmas…, porque no los van a atrapar. Y, si los cogen, pronto estarán en la calle. Mi “ojeador” ya ha estado un mes prestando servicios a la Sociedad. Se ve que no lo han recuperado. Y sigue prestando “servicios” a su clan. Y piensas en los políticos, y piensas en los jueces, y piensas en la sociedad… y piensas… que lo poco que te queda te lo quitarán unos con impuestos…, y otros, en “visitas programadas”. Y entras a tu casa como de visita, como a un espacio público, donde volverán a entrar cuando quieran. Ya no puedes enseñar tu casa a tus amigos como tuya, porque la sientes expropiada. Y sueñas con barras de hierro sobre la terraza y rejas arrancadas… Y con negros titulares de robos en Salobreña, Molvizar, la Herradura…, escritos con sangre en tu propia alma. “Sabemos quiénes son”, te dice la Guardia Civil, “pero hay que atraparlos ‘in fraganti’” ¡Y yo, jolines! Te sientes, de verdad, como debe de sentirse una chica violada.
Publicado en Ideal de Granada, 23 de Febrero de 2013